Home » Análisis de Actualidad » Eutanasia: Acabar con la enfermedad, matando al enfermo

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Por: Jesús Herrera / Universidad del Rosario

En febrero pasado, la Corte Constitucional resolvió una tutela con la sentencia T-970/14, en la cual le ordenó al Ministerio de Salud expedir un protocolo de atención para las solicitudes de eutanasia, obviando así la necesidad de una ley de eutanasia que regule los actos administrativos del gobierno en la materia. Ahora, el senador Armando Benedetti quiere apoyarse en esta controvertida decisión para impulsar su proyecto de ley de eutanasia. Un proyecto de ley que ha sido rechazado en cuatro ocasiones previas.

Evidentemente, que en el aspecto formal subsiste la cuestión acerca de si aún puede hablarse de “democracia”, en su sentido etimológico, y si la expresión “soberanía popular” aún significa algo, cuando un tribunal impone leyes (porque no hay duda alguna de que la orden de la sentencia y los principios que establece están tomando el papel de leyes) que han sido rechazadas por la ciudadanía y la corporación que la representa. Sin embargo, prefiero abordar el problema de fondo en la discusión sobre la eutanasia, porque la eutanasia trae consigo consecuencias gravísimas a nivel filosófico-jurídico, médico y político.

A nivel filosófico, el problema se plantea alrededor del término “vida digna”, según el cual la vida no es un bien en sí mismo, sino que sólo lo sería cuando existen otras condiciones materiales. De todas maneras, como bien lo reflejan las decisiones judiciales, la cuestión sobre las condiciones queda siempre en el aire por el relativismo subjetivista que se esconde detrás del concepto. En efecto, para el lobby pro-eutanasia la vida sólo es digna mientras el sujeto así lo considere. La experiencia en Holanda y Bélgica muestra con toda claridad cómo las causales para la eutanasia son relativas a la solicitud del paciente y pueden ir ampliándose hasta alejarse de los casos extremos con que pretenden introducirla. Finalmente, la controversia gira en torno a la subordinación de la vida a la libertad como valor supremo del sistema de Derechos Humanos. Esto choca de frente con la naturaleza contingente del ser humano, pues es innegable que aunque el hombre pueda quitarse la vida, es incapaz de dársela. Así las cosas, no cabe duda de que la vida es condición necesaria para la libertad y dignidad humana, y no al revés.

En este orden, se opera también una subversión radical de la profesión médica, pues el profesional de la salud deja de estar obligado a velar por la vida y la salud de su paciente, y se convierte en un mero servidor para cumplir los deseos del paciente respecto de sí mismo. Esto va perfectamente en línea con decisiones de la Corte, como aquellas en que obliga a las EPS a autorizar operaciones de “cambio de sexo” a pesar del detrimento en la salud del paciente que tal intervención implica. Tal absolutismo de la autonomía personal del paciente se desinfla ante la realidad que hemos demostrado previamente, pues la libertad es siempre relativa, y detrás de una solicitud “consciente e informada” pueden esconderse episodios de depresión, presiones por parte de los familiares o médicos para que el paciente pierda toda esperanza en su futuro.

Por último, la eutanasia permite a las entidades de salud librarse, por la vía fácil, del costo que implica el cuidado de los pacientes en condiciones graves. Esto que podría parecer alarmista no es más que lo que ha pasado en donde ha sido legalizada la eutanasia. En el estado de Oregon, en los Estados Unidos, las estadísticas revelan que el suicidio asistido se ha disparado entre los mayores de 65 con buen nivel de ingresos, ante la presión de médicos y familiares. El segundo informe sobre la aplicación de la ley de eutanasia en Holanda reveló 3.600 casos de eutanasia voluntaria y 900 de eutanasia sin consentimiento, junto a 7.200 por sedación letal y 11.200 pacientes muertos por omisión del tratamiento requerido.

La eutanasia involuntaria es una realidad anexa a la legalización de ésta con la excusa de la “muerte digna”. Aunque la sentencia C-239/94, despenalizó el “homicidio por piedad” con la condición de que hubiera sido solicitado por el paciente, la nueva sentencia, así como el proyecto del senador Benedetti, contemplan desde ya la posibilidad de que la eutanasia sea solicitada por familiares cuando el paciente sea incapaz de hacerlo. La realidad de la eutanasia contra la voluntad del paciente en Holanda y Bélgica es una de las razones por las que muchos, incluyendo a la ministra de salud Edith Schippers, están pidiendo con urgencia su reforma. El problema es que una vez se ha admitido que matar al enfermo sea la solución contra la enfermedad, restaurar el respeto por la vida del paciente parece tratar de recomponer un huevo roto.

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