Home » Internacional » El Cristianismo de Putin

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Por: Jesús Herrera
Universidad del Rosario

La figura de Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa, se ha venido convertido en un referente para muchos movimientos pro-vida y pro-familia, especialmente en Europa, donde se le observa como un nuevo polo para enfrentar la agenda abortista y LGBT de las organizaciones internacionales de Occidente, como la Unión Europea y su Tribunal de Derechos Humanos. Mientras los grandes poderes de occidente se descaran más en el carácter anti-cristiano de su programa (En Oklahoma tumban un monumento a los Diez Mandamientos mientras en Detroit inauguran una estatua de Baphomet), Putin se presenta como un cristiano practicante (de la Iglesia Ortodoxa Rusa a la que pertenece), defensor de la vida y la familia en su país, y así es como muchos ven en él la esperanza de la Europa cristiana. Empero, los católicos que guardan esta ilusión deberían atender con más cuidado al tipo de Cristianismo que profesa Putin, y el peligro que representa para la Iglesia Católica.

Una de las diferencias más radicales entre el Catolicismo Romano y el Catolicismo Ortodoxo, reside en la doctrina sobre la separación entre la Iglesia y el Estado. Mientras en Roma, el papado se consolidó resistiendo a las persecuciones de los emperadores, y luego del desplazamiento de la capital del Imperio a Constantinopla, Roma se convirtió por antonomasia en la Santa Sede, donde la Iglesia se garantizó (gracias a Carlomagno) la independencia frente a los reinos y emperadores europeos, en Bizancio, el patriarcado se convirtió en una figura de la corte, subordinada al poder imperial, y ese cesaropapismo terminó heredándolo a la Iglesia Ortodoxa Rusa. Mientras Roma estableció la doctrina de las dos espadas (la autonomía relativa de los poderes político y eclesiástico, siendo aquel subordinado a éste) en Moscú la Iglesia se fundió con el Estado, se hizo súbdita del poder político del Zar y asumió, de paso, un carácter marcadamente nacionalista.

Valga recordar, que luego del genocidio en el clero ruso con la revolución de 1917, la KGB inflitró el clero ortodoxo para hacerlo dócil al régimen. Todavía hoy, la Iglesia Ortodoxa Rusa está al servicio de los intereses del Estado Ruso, y no estaría errado adivinar que esa es la forma como Putin (un ex agente de la KGB) ve el Cristianismo en su vida política. Se le ha visto denunciar la persecución contra los cristianos en Irak y Siria, pero al mismo tiempo apoya a regímenes como el de Irán que también restringen gravemente la práctica del Cristianismo. Y ni hablar de la persecución contra la Iglesia Greco-Católica Ucraniana, emprendida por las fuerzas del bando ruso en la guerra de Ucrania. Apenas fue ocupada y anexionada la península de Crimea a Rusa, las parroquias católicas fueron confiscadas por el régimen y entregadas a la Iglesia Ortodoxa como parte de su estrategia de “rusificación” del territorio. Hoy, la Iglesia Católica enfrenta la posibilidad de ser proscrita de nuevo en el territorio del Donbas.

Un avance de Putín dentro Europa traería exactamente las misma subyugación a nivel religiosa, una etrategia mixta de zanahoria y garrote para someter al clero local y abocarlo a convertirse en agentes del régimen. Contrario a lo que muchos activistas pro-vida y pro-familia católicos, la creciente sombra de Putin sobre Europa es también una amenaza, tanto como el progresismo que se ha tomado las instancias de poder en Occidente. En cierto sentido, el Cristianismo de Putin no es más que la versión moderada de la misma persecución contra la Iglesia que los regímenes liberales de Europa y América han desencadenado: El endiosamiento del Estado, cuyo culto se quiere obligar a los católicos.

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