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Por: Servus Mariae

El paso de la misa establecida en el concilio de Trento, a la misa de Pablo VI implica un cambio que involucra también a la doctrina. Un enfoque un poco más ligero que la saca del dogmatismo claro y diáfano de la sagrada liturgia.

Este cambio tiene sus raíces en el arqueologísmo litúrgico alemán propiciado por Otto Cassel, entre otros, y condenado en la Encíclica Mediator Dei de Pio XII. En este marco podemos encontrar similitudes prácticas con el esquema luterano de la llamada “cena del Señor”, en la cual se da la comunión bajo las dos especies, se hace en lengua vulgar, y el canon de la misa debe decirse en voz audible.

También es posible hallar similitudes a los reformadores del siglo XVI en el desprecio hacia la mal llamada “misa privada”, a la cual Martin Lutero llamaba despectivamente “abominable misa rinconera”. (Winkelmesse)

Etimológicamente existe una incongruencia con el uso del término “misa privada”, pues el significado de la palabra nos remite al griego leiton ergon, que tiene por significado acto público; pues todas las oraciones de la misa son de carácter universal, donde se hace alusión y se halla comunión con la Iglesia purgante militante y triunfante. Es de notar, por ejemplo, el uso de la expresión “el Señor esté con vosotros”  (Dominus vobiscum) en las misas que celebra el sacerdote de forma “privada”.

Ante este cambio Litúrgico aprobado por Pablo VI podemos preguntarnos sin sorprendernos, ¿Por qué han sido removidos o cambiados algunos elementos que eran reconocibles a la psique humana occidental?, el caso de genuflexiones, la unión de pulgar e índice después de la consagración, y el silencio reverente y sublime del canon romano.

Este esquema democrático de misa ha afectado los hondos dogmas de la Sacrosanta Iglesia de Jesucristo en materia litúrgica, pues existe la tendencia a eliminar la barrera entre sacerdocio universal (bautizados) y sacerdocio ministerial (presbítero ordenado). Esta tendencia se hace evidente en algunas disertaciones teológicas modernas, en las cuales se aduce que el sacerdocio ministerial no existe, sino solamente el “presbiterado”, una mera vocación al servicio.

Esta mentalidad no es más sino el resultado de una honda ruptura (en parte litúrgica) que pretende homogeneizar al sacerdote presidente, que intercede ante los hombres de un modo similar a Moisés con el pueblo escogido, para hacerlo uno más entre el pueblo de Dios. Es de notar que en la misa aprobada por Pablo VI se eliminan algunos aspectos que diferenciaban los tiempos del sacerdote y del pueblo: Es el caso del momento de la comunión, y del “Yo confieso” (Confiteor), por lo cual el sacerdote ya no puede decir “el Señor perdone vuestros pecados” si no “El Señor perdone nuestros pecados”; el sacerdote se convierte en uno más del montón. Bajo esta lógica, el sacerdote no podría tener el título de “ consagrado” pues etimológicamente significa “apartado”.

Para terminar es conveniente solo hacer una pequeña reflexión, es el momento de sentirse orgullosamente católico buscando en nuestras profundas tradiciones la alegría del alma, y poder desechar todo aquello que denigre y nos saque de ese camino.

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