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Por: Javier Cajíao Bedoya
Fundación Universitaria Konrad Lorenz

A raíz de un mensaje de una de mis familiares que recordaba llena de dolor e indignación los quince años de la cruelmente célebre toma de la población de Gigante, Huila en las faldas del cerro del Matambo en el sur de Colombia el día 3 de diciembre de 1999.

Uno de los comentarios a este mensaje fue diciéndole a ella, quien era una niña que apenas caminaba en el momento de la toma guerrillera, que “debería tener un corazón muy grande” y que “ya era tiempo de reconciliación”. Yo me pregunté: ¿Reconciliación? ¿Con quién? Tal vez con aquellos que salvajemente, en medio de un festín de sangre, le arrebataron todo, inclusive los seres más importantes y queridos que cualquier ser humano pudiera tener y a quienes ni siquiera tuvo la oportunidad de expresarles su amor de forma diferente que la de una inocente niña. Además de su abuela y su madre, conocidas y queridas por nosotros, y en todo Gigante, murieron el camarógrafo Pablo Emilio Mota Mota, dos vecinos y amigos y otras ocho personas quedaron heridas.

Como en las mejores tiempos de Herodes los narco-terroristas escogieron el día en que se le entregaban regalos a los niños en las empresas, los bancos y las tiendas de abarrotes por ocasión de la cercanía de La Navidad, también en la iglesia del pueblo se hacían preparativos para estas festividades con los niños inocentes que minutos después tendrían que improvisar refugios para protegerse de los cilindros explosivos, granadas y todo tipo de detonaciones, en las bóvedas de los bancos, bodegas de los graneros y tiendas de insumos campesinos. Tampoco los hospitales, las farmacias, los ancianatos y orfanatos se escaparon del terror de aquel dia.

A partir de ese día la región nunca volvió a ser igual, cuna de hombres y mujeres emprendedoras y valientes, ahora temerosos y desplazados ante el abandono y la traición de sus gobernantes, amigos de sus victimarios.

Por días y semanas esa idea rondó en mi cabeza sin dejarme descansar y es sólo hasta ahora que me atrevo a expresar mis sentimientos de tristeza e impotencia ante un estado que no solamente es incapaz de cumplir con su obligación constitucional de proteger la vida, honra y bienes de sus ciudadanos, sino que se presta para fortalecer la impunidad e injusticia.

Es así que por los días del funesto aniversario, El Tiempo publica en sus páginas del 28 de Diciembre de 2014, “’Joaquín Gómez’, del Bloque Sur de las FARC, viajó a La Habana (…) Entre su prontuario, Milton de Jesús Toncel, alias ‘Joaquín Gómez’, tiene una condena de 34 años de prisión y orden de captura por la toma al municipio de Gigante (Huila), el 3 de diciembre de 1999.” En la noticia también se mencionan los protocolos y los permisos presidenciales que tuvo para viajar a La Habana para reemplazar a otro asesino de colombianos dado de baja, Raúl Reyes, como si fuera un premio al perpetrado acto de barbarie.

No cabe duda que el Presidente Santos muestra una clara complicidad con la guerrilla en especial con las FARC, olvidándose de las víctimas, quienes tienen el derecho a la verdad, la justicia y la reparación.

Si es de todos conocido que las FARC es la organización narco-terrorista más grande y rica del mundo, en donde no existe ni un delito, ni un pecado que no se haya cometido, entonces ¿Con quien me debería reconciliar?

En mi opinión, si es el caso de usar la palabra de moda “reconciliación”, debería ser el presidente Santos y su gobierno quienes deberían reconciliarse con las víctimas y cumplir con su deber constitucional de impartir justicia y bienestar al pueblo que lo eligió como presidente, en vez de traicionarnos.

Sólo me queda levantar mi voz de protesta y verter mis lágrimas y las de mi familia al imponente río de la Magdalena, conservar la esperanza que la sangre de las víctimas inocentes sirva de guía para las nuevas generaciones para construir un país de progreso y armonía, reconciliarme con mi Dios y pedir a la Santísima Virgen que nos proteja de la injusticia y de la impunidad.

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