Home » Historia » Blas de Lezo: el marino invencible

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Por Carlos Rodríguez / Universidad EAN

1741: Una batalla en Cartagena

El almirante Edward Vernon pasó a la historia por haber reunido la mayor escuadra de guerra que los mares jamás habían visto, un desembarco sólo inferior al de los aliados en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial; y sin embargo, la ciudad le resistió. A partir de ese momento Cartagena fue conocida como “La Heroica”, pues no podía ser otro el título para la protagonista de aquella lucha por la defensa de la civilización cristiana ante el ataque del protestantismo.

Fue uno de esos días del siglo XVIII cuando, reclamando respeto a la soberanía hispánica, un capitán de apellido Fandiño interceptó un navío corsario que rondaba por las costas de la Florida comandado por el capitán Jenkins. Al pirata le cortaron una oreja y fue encargado de llevar a Inglaterra un mensaje contundente acerca del respeto por los territorios españoles.

El hecho sirvió de excusa para que Inglaterra declarara la guerra a España con el propósito de tomar piezas claves en la América hispánica y quebrar el imperio español. La represalia fue encomendada al almirante Vernon quien a los pocos meses informó con arrogancia a los españoles de su avanzada.

El 13 de marzo de 1741, la escuadra inglesa estaba próxima a Cartagena y sus artillerías hacían retumbar el castillo de San Felipe poniendo a prueba el ingenio y valentía de “medio hombre”, apodo ganado por el almirante Blas de Lezo, al que hacía honor porque en los mares no sólo dejó una leyenda temeraria para los piratas y enemigos, sino también la mitad de su cuerpo: A los 15 años ya era conocido como “patapalo”, después que una bala de cañón le destrozara su pierna izquierda; a los 18 perdió el ojo izquierdo defendiendo el fuerte de Santa Catalina en Tulón, Francia, y a los 25 dejó el brazo derecho en el asedio a Barcelona. Nada de esto fue obstáculo para un hombre que ya había provocado varias derrotas a los ingleses.

Si ni la pérdida de su pierna, su ojo o su brazo pudieron detener a Lezo, tampoco lo haría el ego de Vernon ni la imponencia de aquella flota intrusa en las aguas de Cartagena de Indias: 186 embarcaciones, 23.600 hombres y más de 4.000 reclutas de Virginia.

Pero allí no estaba sólo él: lo acompañaban 600 arqueros indígenas, algunos negros macheteros y tenientes españoles con apenas 6 navíos de línea. En resumen, estaba nuestro pueblo demostrando de lo que somos capaces cuando nos une un fin elevado. El apodo lo lleva Cartagena, pero heroica es toda nuestra raza, la que menospreció el rey Jorge II cuando prematuramente mandó acuñar monedas para conmemorar la victoria de Vernon sobre la ciudad que decían en su anverso: “Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741” y en la otra cara: “El orgullo español humillado por Vernon”.

Lezo hizo poner cadenas que evitaran a los barcos ingleses acercarse, mandó excavar frente a las murallas de manera que se quedaran cortas las escaleras de los ingleses cuando intentaran asaltar el castillo, entre otras estrategias. Así obligaron a Vernon a ordenar la retirada con casi la mitad de sus hombres muertos y 7.500 heridos al tiempo que gritaba al cielo de Cartagena: “God damn you, Lezo!” (Dios te maldiga Lezo!).

Aunque todo parecía perdido ante los ingleses, y estos preparaban ya la colonización protestante, las estrategias militares de Lezo y todo el valor de nuestros ancestros fueron suficientes para demostrar que vanos y pasajeros son los elogios del mundo. Las monedas tuvieron que olvidarse, el rey Jorge prohibió mencionar siquiera su estrepitoso fracaso, y en cambio la virgen de la Candelaria preservó nuestra cultura, nuestra raza y la mejor de las herencias: un pueblo de tradición católica.

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